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No alcanzan las horas

¡Qué barbaridad! ¡Qué rápido se van las horas! En verdad que me encantaría que los días tuvieran al menos 36 horas.

Hay tanto por dar, aprender, pensar, hacer, escribir... Si tan solo tuviera esas 36, bueno, 30 horas por lo menos. Pero luego, está otra vez el tema de la organización y la distribución de actividades; esa estorbosa y tan útil agenda.

No, mejor no. Ya de por sí, con las veinticuatro horas que me das, te "quito" tiempo y lo uso para otras cosas. Le quito tiempo a la familia para el trabajo. Le quito tiempo al trabajo para escribir. Le quito a la tarea de escribir para dormir y le quito tiempo al sueño para comer... Y del descanso mejor ni hablamos, de todas las actividades es la más empobrecida; cuenta su tiempo en decenas de minutos, nunca en horas...

¡Ay Señor! ¡Enséñame a utilizar sabiamente los días que me das para que mi corazón se llene con tu sabiduría!

Ahora entiendo a Moisés...


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